Desde la infancia nos educan para ser brillantes en algo. Sin edad para ducharnos solos, ya nos preguntan qué queremos ser de mayores. En el colegio tenemos que ser buenos pintando, escribiendo, sumando y saltando a la comba. Las notas nos igualan juzgándonos a todos con la misma vara de medir. Con la adolescencia ya conocemos lo que es el talento, aunque lo odiamos. Las personas que destacan a nuestro alrededor son raras, especialmente envidiadas. Sabemos que ser brillantes es un objetivo vital. Nos tiramos gran parte de nuestro camino a la madurez descubriendo en qué somos brillantes y, una vez que entramos en el terreno laboral, nuestras esperanzas se ven truncadas: es muy complejo destacar entre tantos jóvenes excesivamente formados en el terreno académico y tan poco experimentados en el terreno laboral.

Tenemos que ser buenos pintando, escribiendo, sumando y saltando a la comba.

Esto no es una historia con moraleja y final feliz. Esta reflexión tiene el trágico fin del consuelo de muchos. El pánico de ser mediocres que nos atemoriza en cada decisión, en cada test y en cada conversación.

Cuando admiras a alguien, aprendes de esa persona pero al mismo tiempo te hace ver que siempre serás mucho peor que ella, ya sea por años de trayectoria o por frustraciones o incapacidades.

Mi duda es si realmente todos los seres humanos, por brillantes que sean, sienten la frustración de los mediocres, ese pánico que nos empuja a un abismo del que solo podemos salir conociéndonos a nosotros mismos y dejando de temer a lo imposible. Ese terror a dejar este mundo sin ser recordado o simplemente ser recordado por absolutamente nada gracias a aquellas personas que te acompañaron en el un camino.

Quizá esta historia sí tiene un final feliz… 

Este cuento tiene moraleja, como todos los cuentos que leíamos de pequeños buscando inspiración para descubrir qué clase de persona seríamos de mayores. ¿Qué sería de una historia sin un desenlace que nos transmita la paz que buscamos?

Hace unos días me dijeron que era perfeccionista en mi trabajo. Lo comentaba con mi pareja pues me parecía que no era cierto, no me considero especialmente perfeccionista, porque conozco a personas que lo son en demasía. “Esas personas están enfermas, tú eres perfeccionista. Eres tan perfeccionista que no quieres pisar con la punta de tus zapatos el carril bici cuando vas andando por la acera. Así de perfeccionista eres”. Bueno, sí, yo a eso lo llamo civismo, pero… ¿También se puede ser perfeccionista en el civismo?

En definitiva, no existe edad para encontrarse a uno mismo. Aquí estamos, jugando a ser mayores todavía, sin saber qué queremos ser y cuál es nuestro talento, nuestro brillo especial, aquello que nos hará ÚNICOS, IRREPETIBLES e INOVIDABLES.

Categorías: A veces escribo

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